Visita de Jesús Sánchez López
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Interesante relato enviado por D. Jesús Sánchez López, tras una visita a nuestras instalaciones de La Poveda

 

 D. Jesús Sánchez LópezLos primeros antecedentes que tenemos sobre este ferrocarril, de vía estrecha, datan de finales del siglo X1X.

Ya en aquella época se constituyó una Sociedad cuyo fin sería el transporte de áridos provenientes de las abundantes canteras existentes en la provincia de Madrid consiguiéndose, del Gobierno, una licencia para construir una línea férrea que, partiendo de Madrid, llegara hasta Rivas-Vacía Madrid y Arganda. Pero después de distintos avatares, ya a primeros del siglo XX, la línea fue prolongada hasta Colmenar de Oreja, con un ramal desde Morata hasta Orusco, con estaciones intermedias en Perales, Tielmes, y Carabaña, y después Ambite. Todos en la vega del Tajuña. Luego sería hasta Mondejar, ya dentro de la provincia de Guadalajara. Y sucesivamente hasta el Pozo de Almoguera, Yebra, Zorita, Almonacid de Zorita, Sayatón, Anguíx, Auñón, Sacedón y Alocén, este último muy cerca del anterior. Parece ser que querían enlazarlo, ya dentro de la Provincia de Teruel, con otra vía ferroviaria que lo llevaría hasta el Levante. Pero al final no pasó de Alocén.

Para entonces ya había cambiado el nombre primitivo de la CIA. pasando a denominarse FERROCARRIL DE MADRID A ARAGÓN, que se dedicaría, además de al negocio de los áridos, al transporte de viajeros y mercancías. Una de las premisas sería que tendrían que ocuparse del transporte del correo de la zona por donde discurría. El recorrido total era de 160 kilómetros, inaugurándose el último tramo en 1921.

Las estaciones y apeaderos del recorrido estaban ubicadas, casi en su totalidad, a bastante distancia de los pueblos por donde discurría el trayecto, incluso, en ocasiones, a varios kilómetros de estos. Las recuerdo casi todas, pero la mas entrañable para mi, era, y aun sigue siéndolo, en el recuerdo, la Principal, la del Niño Jesús, cabecera del recorrido.

El camino que teníamos que hacer para llegar a esta estación, desde nuestro domicilio, era, una vez alcanzada la Plaza de Antón Martín, una línea recta. Había que bajar toda la calle de Atocha, cruzar la Glorieta del mismo nombre, subir la Cuesta de Moyano, y por donde tiene el Retiro su entrada mas meridional, casi al final de la calle de Alfonso X11, cruzar el parque, de lado a lado, hasta desembocar en la puerta de Granada, ya en la Avda de Menéndez Pelayo.

Cruzando esta calle, a continuación de un pequeño solar, había una recoleta plazuela. Llegando a ella, a la derecha, el visitante se encontraba, para deleite de la vista, con la airosa fachada de esta cercana estación. La del Niño Jesús. Como se ve para llegar a este lugar, desde nuestra casa, había un buen paseo, que yo y mi familia recorrimos, a pie, muchas veces, y mi padre, durante el tiempo que trabajó allí, diariamente.

A su alrededor casi todo era campo a excepción de su parte Oeste que, como ya se ha dicho lo ocupa, a largo de la Avenida de Menéndez Pelayo, el Parque del Retiro. Por el Norte, frente a su entrada principal, estaba la tapia de uno de los costados del Hospital del Niño Jesús y en el otro costado de este, el final del Barrio de Salamanca. Por el Sur todo era campo, salvo una colonia de hotelitos llamada Colonia del Retiro y, luego, ya muy retirado, el Barrio de Pacífico. Por el Este, lo mas cercano era un núcleo de casas de campo conocido por Moratalaz, a mitad de camino hacia Vicálvaro.

Mi padre, Juan Vicente Sánchez Parra, comenzaría su andadura en la Compañia en 1926. Primero como guardafrenos en los numerosos trenes de mercancías que circulaban por el recorrido. Durante sus viajes, que a veces se prolongaban durante varios días, tuvo ocasión de conocer a muchos compañeros y a relacionarse con personas de los lugares que visitaba. Podría decirse que , de los trayectos, conocía sus estaciones, las personas que las atendían, e incluso los pueblos. Era un trabajo muy duro ya que, durante esos días, no tenía ningún contacto con la familia. Así comenzaría a amar a los trenes y a todo su entorno.

Estaba soltero, aunque tenia novia, después mi madre se había venido del pueblo, Almonacid de Zorita, donde había nacido en 1904, sin mas bagaje que sus ganas de trabajar y en ello empleó todo su esfuerzo y dedicación. Cuando tenía días libres visitaba en Madrid a una hermana de su padre, y a su hermano mayor , ya casado y afincado en la Capital. Pero su lugar de acogida mas frecuente era un poblado formado por varias casas propiedad de la Unión Eléctrica Madrileña, ubicado muy cerca de Rivas, junto a la carretera que viniendo de Vicálvaro se dirige hacia Mejorada del Campo. Allí existía una fábrica donde se transformaba de voltaje toda la energía eléctrica que se recibía de la central de Bolarque (Almonacid de Zorita), para después, desde allí, enviarla, para su consumo, a Madrid y a su entramado industrial. En este poblado vivía una de sus hermanas. Estaba casada con uno de los empleados allí destinados. Para acceder a este lugar por ferrocarril, había que apearse del tren en el apeadero de La Fortuna y después, desde allí, a campo través y cuesta arriba, buscar la carretera de Vicálvaro. Como se ve no lo tenía nada fácil. Pero tuvo suerte ya que solicitó y consiguió una plaza como mozo de limpieza en las oficinas de la estación del Niño Jesús, como era conocida, en Madrid. Enseguida pasó al servicio de Ordenanzas. Cuando esto ocurrió buscó vivienda en la Capital casándose de inmediato. En 1929 nació mi hermana Esperanza, yo en 1931, y mi hermano Paco en 1935.

En 1939, recién terminada la Guerra Civil, mi padre, fue despedido. Pero Juan Vicente, ya era conocido por su nombre, por el personal: tanto de la Oficina, como de las dotaciones de los trenes, ( de mercancías y de viajeros ), de los talleres, y de las distintas estaciones del recorrido. Llevaba metido muy dentro de su corazón a todos sus compañeros y a todo lo relacionado con los trenes; en particular, con aquel inolvidable tren de vía estrecha conocido, coloquialmente, como. “El Tren de Arganda” ; aunque algún mal intencionado le añadiera, en forma de guasa aquello de “ que pita mas que anda”. Hasta tal punto lo amaba, que siguió perteneciendo, desde su fecha de ingreso hasta su fallecimiento, en que yo mismo le di de baja, con título de socio numerario, a la Asociación Gral. de Empleados y Obreros de los Ferrocarriles de España, de cuyo organismo cobró, con el tiempo, una pequeña pensión.

 

Enseñaba con orgullo dicho título, así como su carné de Pensionista, y algunos documentos que le acreditaban el haber pertenecido al ferrocarril de vía estrecha del Madrid Aragon. Cuando yo ya tenía edad para comprenderlo, mi padre, me contaba las innumerables vivencias y aventuras de cuando circulaba en los trenes de mercancías, Me hablaba de la gente que había conocido. De la estación de La Poveda, con su fábrica de azúcar. De Carabaña, cuando aparcaban los trenes en el muelle particular donde embarcaban la famosa Agua de Carabaña, que se usaba y vendían en las farmacias como purgante, y con la que, parece ser, fabricaban jabones y otros productos cosméticos. Y de Chinchon donde conocía a los mozos de las famosas Cuevas del Vino. Y en Colmenar de Oreja donde también conocía a mucha gente. Algunas veces cuando, después, ya casado, íbamos de comida por esos lugares, aun le saludaban algunas personas. De esta forma aprendí, yo también, a amar a este ferrocarril.

Yo, ya, con 19 años, fui socio de la Agrupación Deportiva Ferroviaria. Tenía su sede en la calle del Amor de Dios, con gimnasio y un cuadrilátero donde entrenaban los mejores

boxeadores de la época. Su equipo de Fútbol contaba ya con un campo de hierba en el Po. de las Delicias junto a la estación del ferrocarril de este nombre. Allí me llevaba, mi padre, siendo aún muy pequeño. El equipo de fútbol llegó a jugar la Copa con el Real Madrid, y de él salieron algunos jugadores famosos

Podría decirse que las primeras vivencias que recuerdo de mi vida están de alguna forma ligadas a hechos acaecidos relacionados, de alguna manera, con este ferrocarril. A la estación del Niño Jesús acudíamos con mucha frecuencia. Algunas a recibir o a despedir a personas muy queridas que venían o volvían a Almonacid de donde eran oriundos mis abuelos, tanto maternos como paternos, así como sus hijos y muchos hijos de estos. Era muy bonita, con una estructura propia de la época. Cuando con mi hermana, Esperancita, dos años mayor que yo traspasábamos el umbral de la puerta principal, y dejábamos atrás la sala de espera de los viajeros, donde se despachaban billetes y se atendía a éstos en todos los cometidos propios del lugar, nosotros, ya campeábamos por nuestros respetos.

El edificio contaba con dos plantas. En la de arriba estaban las oficinas. Se subía a ellas, desde el andén de viajeros, tras traspasar una puerta que daba acceso a una empinada escalera, que no recuerdo haber usado nunca, pero si que allí , por entonces, ya trabajaba mi padre. En el andén , a la derecha, había un coqueto jardín, con una cerca que lo separaba del solar anteriormente mencionado, lindante, por el otro lado, con la Avenida de Menéndez Pelayo. Allí había una fuente a la acudíamos sin excusa alguna. Como el tren nunca llegaba a su hora nosotros nos entreteníamos jugando por el andén y por el pequeño jardín siendo, al final, reprendidos por los mayores. La estación contaba con dos vías, la segunda utilizada para las maniobras de los trenes. Frente al andén, una pared, que correspondía a un costado de las cocheras y de los talleres, que tenían su entrada ya fuera de la estación, separaba ambos conjuntos. A la izquierda del anden, habían construido un muelle usado para la carga y descarga de mercancías; y entre ambos un callejón. Hasta aquel lugar nunca nos dejaban llegar.

Yo había oído hablar en mi casa de que cuando despidieron a mi padre, entonces yo ya tenía 8 años, el Ingeniero Jefe, que era quien dirigía la compañía, al verse forzado a despedirlo, tan injustamente, le había prometido, en privado, que el se encargaría de buscarle un empleo, cosa que cumplió. Pero antes pasamos unos meses de incertidumbre y de hambre que es mejor no recordar.

Yo veía las reacciones de mi padre cuando se hablaba de trenes, ¡como los echaba de menos!, y la añoranza que experimentaba cuando se recordaba su época en esa Compañía de vía estrecha que tanto quería: la de Madrid a Aragón.

Mis viajes en él fueron innumerables. Primero, de pequeño, con mi madre. Después, ya mayorcito, solo. Sobre todo, los realizados en ese automotor, que transformado, se guarda como un tesoro en ese museo del tren de Arganda.

También diré que uno de mis viajes lo hice, de muy pequeño, de la mano de mi padre, subido en una de las locomotoras, junto al maquinista., aspirando el humo que despedía la locomotora. Decían que era bueno para curarme la tos ferina de la que había enfermado.

De este viaje y de sus anécdotas, así como de otros realizados por mi madre en la época del hambre y del estraperlo, hablo en un libro que he escrito y que se encuentra pendiente de divulgar; Son unas memorias de mi niñez y adolescencia. En el hablo profusamente del ferrocarril y narro vivencias mías y de mi familia, así como algunos hechos ocurridos mientras viajábamos en el.

Cuando me jubilé me propuse escribir algo sobre los primeros 15 años de mi vida y no podía ser sin que de por medio estuvieran estas vivencias en las que siempre estuvo presente, durante muchos años, este ferrocarril. Creo que el cierre para el transporte de viajeros se consumó en los primeros años de la década de los 50 del siglo pasado.

Primero tuve que recopilar datos sobre el tema. Un día me enteré de que en Arganda había una especie de asociación relacionada con el ferrocarril del Niño Jesús, y acudí a la calle de Santa Isabel en Madrid donde hay una Fundación de los Ferrocarriles Españoles, y por ellos supe, mejor dicho me confirmaron que efectivamente existía lo que yo buscaba y que se encontraba en un Polígono de Arganda. Este interés mío lo conocían mis hijas, y sin yo enterarme concertaron una visita guiada con unos miembros de la Asociación. Para entonces yo ya tenía terminado mi libro en el que como dije anteriormente muchos de los capítulos se desarrollan sobre temas relacionados con el ferrocarril del Niño Jesús.

Un día en que, como ya es costumbre, se iba a celebrar mi cumpleaños y el de mi esposa, las fechas son muy cercanas, mis hijas , que esta vez, se habían encargado de buscar el lugar donde íbamos a ir a comer, me dijeron, de forma muy misteriosa, que tenían una sorpresa para mi.

Era Domingo. Los comensales, como siempre, seriamos: mis hijas, sus esposos y mis nietos. Circulábamos con los coches por la carretera de Valencia. Yo que iba el último vi como al dejar atrás la salida a Chinchón , nos desviábamos hacia Campo Real, cosa que no me llamó la atención, ya que este itinerario es el que utilizamos la familia cuando nos dirigimos hacia Almonacid, el pueblo de mis mayores. Pero cuando, vi que los que me antecedían, ya en La Poveda, una vez llegados al lugar en donde en su día hubo un paso a nivel y unas vías por las que circuló nuestro querido tren de Arganda, cruzaban el lugar girando a la izquierda, y tomaban el camino por donde en su día, se accedía a la desaparecida Azucarera, el corazón me dio un vuelco.

Aparcamos en la amplia calle que da acceso al Complejo Industrial construido en los terrenos que ocupó la Azucarera. Hasta allí llegaba una vía por donde entraban los trenes de mercancías con sus vagones cargados de remolacha. Enseguida me di cuenta del lugar en que nos encontrábamos. A la derecha, en una gran nave del Polígono, se encontraba el ansiado museo del ferrocarril, y al otro lado de la calle la pequeña estación de la Poveda, tal y como yo la recordaba; con su anden, y su caseta, a cuyo costado había adosado un pequeño corral con su frondosa parra que daba sombra al lugar. Y sobre todo vino a mi memoria la persona encargada de los menesteres del lugar. Era alguien muy entrañable, que conocía muy bien a mi padre. Siempre que pasábamos por ahí, y reparaba en nosotros, nos saludaba efusivamente.,

Pero mi asombro no tuvo límites cuando vi, estacionado en las vías, uno de los vagones de viajeros de aquélla época tan recordada. Posiblemente uno de los utilizados por mi en mis innumerables viajes.

Aquel sitio era uno de los lugares con el que yo había soñado y que tantos recuerdos míos y de mi padre albergaba.

A partir de ahí, ya flotaba como en una nube, y perdí el sentido del tiempo. Y después, cuando, subida toda la familia en aquel vagón hicimos aquel pequeño recorrido,cruzando el puente de hierro sobre el río Jarama, me vi transportado a otros tiempos de mi niñez y mi adolescencia. Y fui feliz, muy feliz. No recuerdo de mi vida una sensación igual a esa.

Después visitamos el museo. Pero antes quiero dejar aquí constancia de mi gratitud hacia esos abnegados componentes de la Asociación que con tanto cariño nos recibieron, y que tanta atención nos dispensaron, gracias por todo ello.

 

Que alegría sentí cuando después de penetrar en la nave-museo me encontré delante de aquel mural en el que aparece la fachada principal de la estación del Niño Jesús. Llevaba muchos años tratando de encontrar una fotografía de ese lugar y aquello colmó mis deseos plenamente, era mas de lo que yo esperaba. Me quedé embobado mirándolo y en mi mente se amontonaron, tantos recuerdos de mi niñez...... tantos episodios vividos en aquel lugar..... Como cuando salíamos por aquella puerta de la estación del Niño Jesús, cargados de pequeños bultos, donde escondíamos, inocentemente, aquellas pequeñas y humildes cosas que mis abuelos se quitaban de sus bocas para ayudarnos a aliviar nuestro hambre, y teníamos que pasearlos por delante de aquella caseta donde nos esperaban los consabidos funcionarios para registrarlos, temiéndonos lo peor. La angustia que yo sentía viendo la que reflejada en el rostro mi madre, no se lo deseo ni a mi mayor enemigo. Que alegría después cuando...., indemnes, nos alejábamos de aquel siniestro lugar buscando lo mas rápidamente posible la Puerta de Granada, del Parque del Retiro.

Por ello no es de extrañar que lo primero que busque con la vista, en aquel mural, fue aquella maldita caseta que tanta angustia y desasosiego desencadenó en tanta gente sencilla como nosotros. Huíamos de los requisadores cuando, del único delito que nos podían acusar era de tratar de paliar ¡ tanta hambre ! ....

Seguramente, algunas de las personas que figuran en algunas de las ilustraciones que conserva el museo serían reconocidas por mi padre como compañeros de fatigas. Me causó una gran impresión al ver el transformado automotor en el que, de pequeño, realice alguno de mis viajes hasta ó desde Almonacid, así como el pequeño vagón desde el que cierto personaje de la historia de nuestra Región y de España realizaba sus viajes de recreo. Esto lo desconocía por completo aunque si conozco alguna anécdota protagonizada por este personaje que no viene a cuento relatar. Fue un día muy feliz para mi y para mi familia y quiero dejar patente mi agradecimiento a José Luis, a Javier Canals, y a algún otro compañero, miembros de la Asociación, que con sus atenciones contribuyeron a que todo esto fuera posible, felicitándoles a ellos y a los que con su dedicación han permitido que la memoria de este entrañable ferrocarril no haya quedado en el olvido.

Espero haber contribuido, con este alegato, a que no quede en el olvido todo lo relacionado con este entrañable ferrocarril y que la gente que sabe de su existencia se decida a visitarlo, animando a otros a que también lo hagan.

 

Jesús Sánchez López

(Un enamorado del tren de Arganda, ese que dicen, seguramente, sin conocimiento de causa, “ que pita mas que anda“).

Alcorcón, 31 de Octubre de 2009.